¿Qué es la responsabilidad afectiva y cómo trabajarla?

Los seres humanos vivimos en sociedad, con todo lo que ello supone. Esto implica muchos sacrificios, pero también beneficiarse de procesos comunitarios que permiten alcanzar ciertos logros. En la individualidad de una persona es imposible acceder a ciertos escenarios, pero en sociedad sí.

La especie humana, que siempre se ha caracterizado por un sentimiento de colaboración mutua entre iguales, vive en las últimas décadas un proceso de impulso del individualismo. Este aparece muy marcado por la ingente cantidad de estímulos a los que están sometidos los individuos y el ideal dominante en muchos escenarios de conseguir éxitos personales, aunque eso suponga un cierto impacto entre otras muchas personas.

Una de las víctimas de estas dinámicas individualistas es la responsabilidad afectiva, un concepto propio de la psicología que estudia las satisfacciones, los apegos, los dilemas y conflictos que se implementan al establecer relaciones y vínculos emocionales entre personas.

¿Cómo se define la responsabilidad afectiva?

Este término surge a partir de los años 80 del pasado siglo, cuando psicólogas e intelectuales como Deborah Anapol, Janet Hardy o Dossie Easton comienzan a trabajar en él. En un principio, el concepto hacía referencia exclusivamente a los vínculos sentimentales en las relaciones de pareja, pero con el tiempo se ha ido extendiendo a otro tipo de vínculos entre personas.

Los expertos definen la responsabilidad afectiva como la clave para alcanzar el equilibrio entre lo que piensan y sienten los demás, y lo que piensa y siente el individuo. La idea es ir más allá de los comportamientos individualistas pensando en satisfacer las necesidades propias para incluir en este bienestar colectivo también las demandas de los demás, especialmente la gente que nos rodea.

La psicóloga Pilar García Flórez resume esta idea con la siguiente afirmación, “responsabilidad afectiva es ser capaz de expresar las necesidades propias y emociones pero respetando las de los demás”. Esto obliga a tener presente esas otras necesidades de terceras personas.

Por otra parte, el objetivo no es hacerse cargo de las emociones de los demás, sino reaccionar ante ellas de manera empática. Otra psicóloga, en este caso Mara Tabar, sostiene que es posible priorizar en ocasiones lo que sienten otras personas, pero conviene no incorporar ese hábito como una costumbre habitual, pues eso acaba invalidando los sentimientos propios.

De las relaciones amorosas a las relaciones familiares

La responsabilidad afectiva se retoma con fuerza en los tiempos actuales porque hay una práctica cada vez más extendida, la del poliamor, y no siempre está bien ejecutada. Las relaciones abiertas hay que abordarlas desde una óptica ética, de modo que sea posible una poligamia con valores y pensando en las necesidades de los demás, no solo en las individuales.

En este sentido, es posible, necesario, y hasta muy productivo para el crecimiento de una sociedad, que existan relaciones afectivo sexuales más allá de la monogamia tradicional. No todo el mundo debe estar encorsetado a un vínculo de pareja con una sola persona, sino que se pueden activar fórmulas distintas. Sin embargo, en todas las relaciones deben considerarse la prudencia y la reflexión en la forma en la que nos relacionamos de manera íntima.

A su vez, estas ideas también se deben trasladar hacia otros ámbitos de intercomunicación y relación con los demás, tanto en familia como en los núcleos de trabajo. Al final, la meta que se pretende con la responsabilidad afectiva es desarrollar vínculos honestos y sanos entre iguales.

¿Cómo trabajar la responsabilidad afectiva?

Hay muchas recomendaciones para trabajar este concepto. Los expertos en psicología advierten de la necesidad de acudir a sesiones de terapia a todas las persona, así se sientan o no sanos. Esto hoy en día resulta cada vez más cómodo, pues existen gabinetes tradicionales que prestan servicio de asesoramiento físico, y otros muchos que ofrecen sesiones de psicoterapia online.

A partir de ahí, si la idea es reforzar la responsabilidad afectiva, un primer objetivo será descubrir qué es y qué no es responsabilidad afectiva. Expresar abiertamente los sentimientos y lo que se espera de las relaciones interpersonales sí es responsabilidad afectiva, al igual que cuidarse mutuamente y poner límites en el respeto, la comunicación. De igual modo, hay que interiorizar que las acciones que se lleven a cabo pueden tener consecuencias en el otro.

Lo que no es responsabilidad afectiva es intentar esconder las emociones propias para dejar que los otros se expresen, o bien hacer lo contrario, no atender a los sentimientos de los demás. Tampoco es útil ponerse en una posición de superioridad incumpliendo los acuerdos con otras personas. Y finalmente, no hay que dejar todo el peso de esa responsabilidad afectiva en los demás.

Con todo esto, el modo de trabajar esta disciplina es con una comunicación abierta y fluida, sin faltas de respeto. No es fácil alcanzar el equilibrio deseado en estos escenarios, pero es necesario para crecer como persona y hacer llevar a buen puerto esas relaciones tanto amorosas como afectivas con la gente que nos rodea.

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