Dormir mal, despertarse muchas veces o sentirse confuso al final del día son señales que suelen acompañar al Alzhéimer. Hasta hace poco se pensaba que estos problemas eran una consecuencia de la enfermedad, pero la ciencia empieza a demostrar que pueden ser también una de sus causas. Un estudio reciente de la Universidad de Washington ha encontrado que el ritmo circadiano y el Alzhéimer están profundamente conectados.

El reloj interno del cerebro, encargado de sincronizar el sueño, la vigilia y otros procesos vitales, se desajusta a medida que avanza la enfermedad. Ese desorden altera la actividad de cientos de genes y debilita los mecanismos que mantienen el cerebro limpio y equilibrado. Comprender esta relación cambia la forma en que entendemos el alzhéimer: no solo como un proceso de pérdida, sino como una alteración del tiempo biológico que organiza cada célula cerebral.

Recuerda que en PuntoSeguro queremos que vivas mogollón y con buena salud. Por eso compartimos contigo, entre otras cosas, los últimos hallazgos científicos que pueden ayudar a tener una vida más saludable. En este artículo te explicamos cómo ese reloj se rompe, qué consecuencias tiene y por qué restablecerlo podría convertirse en una nueva vía para frenar el deterioro cognitivo.

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El ritmo circadiano y el Alzhéimer, una relación más profunda de lo que parece

Dormir mal es una de las primeras señales del Alzhéimer, pero la ciencia empieza a entender que los trastornos del sueño no solo son un síntoma, sino un motor de la enfermedad. Cuando el reloj biológico se desajusta, el cerebro deja de funcionar con el orden que necesita para limpiarse, repararse y mantenerse en equilibrio.

El ritmo circadiano actúa como un sistema de sincronía que regula el sueño, la temperatura corporal, el metabolismo y la actividad de miles de genes. Está dirigido por el núcleo supraquiasmático del hipotálamo, una especie de metrónomo que coordina todos los procesos biológicos. Con la edad este mecanismo se debilita, pero en el Alzhéimer la desincronización es mucho más intensa y precoz.

En las fases iniciales, muchas personas desarrollan insomnio nocturno y somnolencia diurna, junto con episodios de “sundowning”, un aumento de la confusión al final del día. Este patrón indica que el reloj interno del cerebro ha perdido su compás natural.

Los investigadores proponen que este desorden crea un círculo de retroalimentación: el daño cerebral rompe el ritmo circadiano y, al mismo tiempo, ese desajuste favorece la acumulación de toxinas e inflamación en el tejido neuronal.

Por eso hoy se considera que el ritmo circadiano es una nueva diana en la prevención del Alzhéimer. Entender cómo se rompe ese reloj y cómo restaurarlo podría ayudar a frenar el deterioro cognitivo antes de que aparezcan los síntomas más graves.

El Alzhéimer altera el reloj interno de las células cerebrales que eliminan desechos

El nuevo estudio de la Universidad de Washington aporta una evidencia clave: la enfermedad de Alzhéimer descoordina los ritmos diarios de cientos de genes en las células que limpian y protegen el cerebro. Los investigadores analizaron, en modelos animales, cómo la acumulación de proteínas amiloides afectaba a los llamados “relojes celulares”.

Descubrieron que la microglía y los astrocitos, las dos células responsables de mantener el entorno cerebral limpio y equilibrado, pierden su sincronía circadiana cuando se acumula amiloide. Esto altera su funcionamiento normal: la microglía deja de eliminar residuos de forma eficiente y los astrocitos fallan en su papel de sostén y comunicación con las neuronas.

Lo más sorprendente es que alrededor de la mitad de los genes relacionados con el riesgo de Alzhéimer están controlados por el ritmo circadiano. Cuando este reloj interno se desajusta, muchos de esos genes dejan de activarse en el momento adecuado, lo que desordena los procesos de reparación, metabolismo y defensa inmunitaria del cerebro.

En condiciones normales, la microglía actúa como un sistema de limpieza que retira proteínas dañinas, entre ellas la beta-amiloide. Pero cuando el reloj biológico pierde su ritmo, estas células cambian su comportamiento: pasan de un estado protector a otro inflamatorio. El resultado es un entorno hostil para las neuronas, donde la acumulación de desechos y la inflamación se refuerzan mutuamente.

El estudio muestra que el reloj circadiano sigue funcionando en el cerebro afectado por Alzhéimer, pero desajustado. No se apaga, simplemente marca el tiempo fuera de compás. Y esa pequeña diferencia en el ritmo diario es suficiente para alterar el orden de miles de genes y acelerar el deterioro.

Para los científicos, esta observación abre una puerta importante: si se logra restaurar la sincronía de esas células, quizá sea posible ralentizar la enfermedad.

Cómo la alteración del ritmo circadiano daña las células del cerebro

El cerebro funciona siguiendo un orden temporal. Cada célula activa o apaga sus genes según la hora del día, igual que un sistema perfectamente coordinado. Ese ritmo regula tareas esenciales, desde la producción de energía hasta la reparación del ADN o la eliminación de residuos.

Cuando el ritmo circadiano se rompe, ese orden se descompone. Los procesos que deberían producirse durante el descanso se mezclan con los diurnos y el cerebro pierde eficiencia. En los modelos de Alzhéimer estudiados, más de 2.500 genes perdieron su patrón normal de activación. Entre ellos estaban los que controlan la autolimpieza celular, la respuesta al estrés oxidativo y la regeneración de neuronas.

Esta desincronización afecta de forma especial al sistema glinfático, el mecanismo que limpia el cerebro durante el sueño profundo. En condiciones normales, el espacio entre las células aumenta hasta un 80 %. Esto permite que el líquido cefalorraquídeo arrastre sustancias de desecho, como la beta-amiloide. Pero si el sueño se fragmenta o el reloj interno está desajustado, esa limpieza nocturna se interrumpe y las proteínas tóxicas comienzan a acumularse.

Además, la inflamación se intensifica. La microglía —que en un cerebro sano elimina restos celulares— adopta un comportamiento defensivo y libera moléculas proinflamatorias. Los astrocitos, encargados de mantener el equilibrio químico del entorno neuronal, también se alteran y dejan de regular correctamente la comunicación entre neuronas.

El resultado es un cerebro que ya no descansa ni se repara con el mismo ritmo. Las toxinas se acumulan, la inflamación se cronifica y la plasticidad neuronal disminuye. Este conjunto de fallos, repetido día tras día, acelera el deterioro cognitivo y contribuye al avance del Alzhéimer.

Restablecer ese orden temporal, explican los investigadores, podría ayudar a recuperar parte de la función celular perdida y reforzar las defensas naturales del cerebro frente a la enfermedad.

Cómo el ejercicio ayuda a restaurar el ritmo circadiano y proteger el cerebro

El ejercicio no solo fortalece el cuerpo. También sincroniza el reloj interno del cerebro y mejora la salud neuronal. La evidencia científica muestra que la actividad física regular actúa como un potente zeitgeber —es decir, un sincronizador natural del ritmo circadiano— capaz de restablecer la conexión entre el sueño, la vigilia y los procesos biológicos que protegen al cerebro del envejecimiento.

Cuando se practica de forma constante, especialmente por la mañana y al aire libre, el ejercicio ayuda a ajustar los ritmos biológicos y a mejorar la calidad del sueño. La combinación de movimiento y luz natural refuerza la producción de melatonina durante la noche y de cortisol en las primeras horas del día, lo que favorece un ciclo más estable y profundo de descanso.

Además, el ejercicio estimula la fase de sueño de ondas lentas, aquella en la que el cerebro realiza su limpieza nocturna más eficiente. Durante ese periodo, el sistema glinfático —encargado de eliminar desechos como la beta-amiloide y la proteína tau— se activa al máximo. Cuando el sueño profundo es escaso o fragmentado, esa limpieza se ve interrumpida, pero el ejercicio regular puede reactivar este mecanismo y mejorar la eliminación de sustancias tóxicas.

Los estudios demuestran también que la actividad física favorece la neurogénesis, es decir, la creación de nuevas neuronas en el hipocampo, una región clave para la memoria. Este efecto se debe al aumento de factores neurotróficos como el BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro), que potencia la comunicación entre neuronas y mejora la plasticidad cerebral.

El ejercicio, además, reduce la inflamación y el estrés oxidativo, dos procesos que contribuyen al deterioro cognitivo. Modula el comportamiento de la microglía y los astrocitos, promoviendo un entorno más protector para las neuronas. Así, el cerebro puede conservar durante más tiempo su capacidad de reparación y defensa.

En conjunto, la evidencia sugiere que moverse con regularidad ayuda a mantener el reloj circadiano en hora y refuerza los mecanismos naturales de limpieza y regeneración cerebral. Incluso en personas con Alzhéimer ya diagnosticado, los programas de ejercicio adaptado se asocian con una evolución más lenta de los síntomas y una mejor calidad de vida.

Restablecer el ritmo circadiano podría convertirse en una nueva vía contra el Alzhéimer

Los científicos empiezan a considerar el ritmo circadiano como una nueva diana terapéutica frente al Alzhéimer. Si la enfermedad interrumpe el reloj interno del cerebro, ajustar ese reloj podría ralentizar su avance. Esta idea abre la puerta a una estrategia de prevención centrada no solo en fármacos, sino también en hábitos cotidianos que fortalezcan los ritmos biológicos.

Entre las medidas con más respaldo científico destacan tres pilares: dormir con regularidad, realizar ejercicio en horarios estables y exponerse a la luz natural. Mantener un patrón constante de sueño y actividad permite que las células cerebrales funcionen con su temporización natural y ejecuten a tiempo los procesos de reparación y limpieza.

Algunos equipos de investigación trabajan ya en terapias cronobiológicas, que buscan optimizar los horarios del cuerpo. Estas incluyen la exposición programada a luz brillante durante el día, el control de la temperatura y el uso de fármacos que modulan la liberación de melatonina o la actividad de genes circadianos. Los primeros resultados muestran que regular el ritmo interno mejora el sueño y reduce la agitación. También podría disminuir la acumulación de amiloide en fases iniciales de la enfermedad.

Más allá de los laboratorios, los expertos coinciden en que pequeños cambios sostenidos pueden tener un gran impacto. Caminar cada mañana, evitar las pantallas por la noche y mantener horarios fijos para las comidas y el descanso ayuda a reforzar el reloj biológico y a mejorar la calidad del sueño.

Cuidar los ritmos del cuerpo no solo favorece el descanso; también protege la memoria, la atención y la salud del cerebro a largo plazo. En un futuro cercano, la combinación de terapia circadiana, ejercicio y control del sueño podría convertirse en una herramienta sencilla y eficaz para prevenir o frenar el Alzhéimer.

Recuperar el ritmo natural del cerebro: un posible nuevo enfoque contra el Alzhéimer

Los descubrimientos sobre el reloj interno del cerebro están cambiando la manera de entender el Alzhéimer. El deterioro cognitivo no solo depende de la genética o la edad, sino también del modo en que los procesos biológicos se mantienen sincronizados con el entorno. Cuando el sueño, la luz y la actividad pierden su coherencia, el cerebro deja de limpiar, reparar y regenerar con la eficacia que necesita.

Por eso, recuperar el ritmo natural del organismo se perfila como una estrategia de prevención realista y al alcance de todos. Dormir las horas necesarias, moverse cada día y exponerse a la luz del sol en los mismos horarios son hábitos sencillos que ayudan a mantener el reloj circadiano en hora.

El ejercicio físico diario, practicado preferiblemente por la mañana y al aire libre, refuerza ese efecto. A la vez, mejora la función del sistema glinfático, favorece la eliminación de toxinas y estimula la producción de nuevas neuronas. Son procesos invisibles pero decisivos para conservar la memoria y la claridad mental.

Cada día, el cerebro necesita tiempo para limpiarse y reajustarse. Respetar ese tiempo es una forma de cuidarlo. Si el Alzhéimer interrumpe el compás interno del cerebro, devolverle el ritmo podría convertirse en la clave para frenar su avance y proteger lo más valioso: la capacidad de recordar, pensar y reconocernos.

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